Fragmento del manifiesto nadaísta.


V. El texto nadaísta

“No amo las letras, no me dicen nada,

amo la vida vida que cual nada

se erige hermosa en luz que es también nada,

hermosa por ser luz y por ser nada.”

Francisco Pino ( Antisalmos )






Un texto nadaísta expresa la Nada a través de la tensión entre sus elementos, ya sean estos palabras, frases, espacios, formas, conceptos etc. Encaja en está idea la concepción de la poesía como la tensión entre dos palabras, propuesta por Octavio Paz.



La contradicción, la paradoja, la ironía, el juego y la desestructuración del lenguaje son habituales en los textos nadaístas.



Si la literatura nadaísta se caracteriza por algo en concreto, es por no tener una forma definida. La forma debe surgir de la idea (Vicente Huidobro). Una idea nadaísta conducirá inevitablemente a un estilo extremo y personal, sea éste minimalista o ruidista. No existe una idea unívoca de nadaísmo. En él se da tanto la modalidad gesticulante y estruendosa de los futuristas como la aparentemente opuesta contención y silencio que manifiesta la práctica literaria del haiku.



La obra poética tenderá al contacto centelleante con la Nada. Esa Nada será aprehendida por la sensación y la intuición, pero no será posible transmitirla sin el intelecto. La literatura debe ser el trabajo, la forja de esa materia bruta de por sí inservible.


La literatura también debe ser como la embriaguez: provocar reacciones en uno mismo y en los demás, dar asco o agradar, infamar, divertir, seducir… hasta perder la consciencia; y todo ello es lícito por medio de la impostura. En tanto que artificio, la literatura es impostura. Trabaja sobre una verdad o realidad construida, aunque parta de lo real. Siempre partir de lo real y no quedarse en ello. El nadaísmo rechaza toda manifestación de la llamada poesía de la experiencia, así como de lo social (trascendido puede ser fantástico como un film de Kusturica) o de todo tipo de realismo prosaico. La experiencia individual no trascendida es banal e impide el proceso nadaísta de lo eterno. Los objetos deben transmitir la Nada; no se debe tapar la Nada con objetos.



El nadaísmo del texto empieza a hacerse físico (hablamos otra vez de lo formal y no del contenido) con Mallarmé, el Satie de las letras. Al leer Valéry su libro Un coup de dès, habló de que su “vista entraba en contacto con los silencios que se habían materializado” y contemplaba “seres enteramente rodeados de su nada hecha sensible”. La poesía concreta y la visual derivarán de este principio, así como del objeto duchampiano, superación del texto como único formato posible para la poesía. En su forma expresan la idea del nadaísmo, pero no por ello son siempre paradigmas del movimiento. Como hemos apuntado antes, el nadaísmo no entiende sólo de estructuras.


Son nadaístas los aforismos de Ciorán, el nihilismo místico de Ekhart, las puertas cerradas de Sartre, el paraíso terrenal de Thomas Traherne, Lo innombrable en Beckett, los procesos de Kafka, los andenes de Benjamín Jarnés, las reflexiones de Chuang Tse, los haiku de Issa, la soledad sonora de San Juan de la Cruz, el miedo de Al Berto, las greguerías de Gómez de la Serna, los lingüistijuegos de Joyce, los infiernos de todos, el aspaviento de la materia en Ungaretti, el “troppo mare” de Pavese, la síntesis de Pignatari, las formas concretas de Haroldo de Campos, la aglutinación postista, las piedras de Melo e Castro, la otredad de Unamuno, también el otro, los amantes de Cortázar, la atemporalidad cabalística de Borges, la patafísica de Jarry, la euforia ruidista de la poesía fonética, el ajedrez, los rinocerontes de Ionesco, las frustraciones de Roussel, etcétera, pero sobre todo el cinismo de Diógenes y de los que no escriben la Nada más que con su propia vida…



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