Poemas de Romeo Murga

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GRACIAS

Mujer, la de esos besos, la de esos besos largos
la de esos besos breves, húmedos y calientes,
la del regocijado sonreír en la sombra
que iluminó la vaga blancura de sus dientes;
la de la casa humilde, con ventanas humildes,
en la calleja oscura, soñolienta y callada;
la que entre beso y beso me lo decía todo,
aunque entre beso y beso no me decía nada;
la del mirar risueño, la del reir risueño,
la del querer ardiente, violento y extenuante;
la que vivió conmigo, con nosotros, con ella,
esa noche de amor, corta como un instante;
la que turbó el solemne silencio de esa noche
con las voces amargas y dulces del pecado;
la que dejó en mis brazos, en mi ser, en mi vida
eso que es el recuerdo de que nos han amado.
Gracias, mujer, la inquieta, la de este pueblo quieto,
la de esa noche alegre, porque tú la alegrabas;
gracias, la de los rojos besos interminables,
por esos besos rojos e interminables, gracias!



EL VIAJE


Poco a poco se apagan las tenues sensaciones.
me voy quedanddo solo, en doliente pereza,
bajo las frías sábanas y entre los almohadones,
en la negra y pesada soledad de mi pieza.

Pienso que en este día -que fue nublado y gris-
no he sentido tristeza ni alegría ninguna.
Me revuelvo en la cama, sin poderme dormir.
Afuera, se oye un perro que le ladra a la luna.

Pobre náufrago débil en el mar de la noche
mi alma está llena de tristeza taciturna.
(La calle se estremece con el rodar de un coche.
Un pitazo, a lo lejos, rompe la paz nocturna).

Yo le temo al silencio de estas noches heladas,
un silencio preñado de encono y de maldad,
de fantasmas oscuros y de almas embrujadas,
un silencio que pesa como una eternidad.

¡Quién me hará la limosna de un leve y breve ruido
que ahuyente mi funesto meditar en la nada;
un ruido que no sea ni voz ni el latido
siliente del reloj, en la noche callada.

Y las horas se arrastran, monótonas, tranquilas...
Voy a coger mañana, en divino derroche,
toda la luz y el oro del sol en mis pupilas
para borrar de mi alma el horror de la noche!


Lejana


Como el sendero blanco porque vuela mi verso,
eres tú, toda llena de cosas extrañas.
Llevas algo de extraño, de sutil y disperso
como el polvo que dejan atrás las caravanas.

Amas la lejanía y eres la lejanía.
No has soñado jamás con la paz de tus lares.
Tienes el gesto claro y la blanca osadía
de las velas que parten hacia todos los mares...

Todo camino sabe de tu huella. Los montes
y el viento te desean. Tú -sin saber, acaso-
reclinas tu cabeza sobre los horizontes,
como sobre el regazo.

Y otra vez al camino, al viaje comenzado,
a las cosas lejanas del dolor y la muerte.
Si alguna vez, mujer, pasaras por mi lado
yo no podría detenerte.

Me quedaría inmóvil. No me querría asir
a tu pálida vesta de ensueños y azahares;
sólo por la tristeza de mirarte partir
como una vela blanca hacia todos los mares...

(Fragmentos De "El Canto en la Sombra", 1946)


Invocación

No, Señor Jesucristo ¡Yo no soy como todos!
yo pronuncio tu nombre con honda devoción.
Aunque arrastre mi cuerpo sobre todos los lodos,
alzo como una hostia roja mi corazón.

Y la elevo hasta Ti, hasta tu crucifijo
que aún guarda las heridas de la Santa Pasión.
Tú me habrás de mirar como se mira a un hijo:
Yo soy un hijo pródigo que te pide perdón.

Perdón por los que llevan el dolor de su vida
sin buscar tu dolor en los torvos recodos.
Yo mantengo por ellos mi lámpara encendida,
y aunque todos te nieguen, yo te afirmo por todos.

Perdón por el suicida que fue también cobarde,
y por el pobre esclavo de una mala pasión.
Por quién luego te olvida, por quien te busca tarde,
y por quien no te busca, perdón, perdón, perdón.

Por mi cuerpo doliente, tosco vaso de tierra
que envuelve la lujuria con sus llamas malditas
Cuando la carne mata todo el goce se encierra,
en el silencio enorme, eres Tú quien nos grita.

Por mis manos, morenas serpientes voluptuosas
que fueron tentación para la frágil Eva;
y mis pies, lastimados de zarzas dolorosas,
que cada día fueron por una senda nueva.

Por mi boca que pudo morder los rizos blondos
y que a todos los besos les salía al encuentro;
y mis ojos, que fueron tras los deseos hondos,
desde aquellos caminos que llevamos adentro…



Romeo Murga Sierralta. Nace en Copiapó el 17 de junio de 1904 y fallece en San Bernardo el 22 de mayo de 1925 de tuberculosis, fue un poeta y traductor chileno.

Hijo mayor de José Murga Bravo y de Ludomilia Sierralta Cortés. Recibió su instrucción básica en el colegio La Merced en su ciudad natal, luego continuó su educación secundaria en el Liceo Alemán y en el liceo José Antonio Carvajal.

En 1920, se marchó a Santiago para matricularse en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, desde donde egresó como profesor de francés. Durante este período conoció a Pablo Neruda y Rubén Azócar, con quienes desarrolló un extenso vínculo literario y de amistad.

En 1923, con el Libro de la fiesta recibió el primer premio de los juegos primaverales de Santiago. En 1924, Murga hizo clases en el liceo de Quillota, y colaboró con las revistas, Iris y Zigzag. Es en este semanario donde Romeo Murga publica sus traducciones de obras de autores franceses, tales como Anatole France, Marcel Shwob, Charles Nodier y Henri Barbusse. Fue director, también, de la revista Floreal.



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